La predisposición al optimismo

Taxi muy viejo

Se han escrito toneladas de artículos sobre el optimismo y el pensamiento positivo. Muchos de ellos rayando en la ciencia ficción, cuando defienden el pensamiento positivo y la actitud optimista como las recetas mágicas para alcanzar todo lo que te propongas en la vida.

Por otro lado eso ha provocado un efecto de rebote en muchos auto proclamados gurús que reniegan del pensamiento positivo y se van hasta el otro extremo, defendiendo que es mejor mantenernos pesimistas por cuanto eso va a hacer que seamos conscientes de todas las dificultades y problemas con los que nos vamos a encontrar y nos va a colocar en una mejor situación para superarlos.

Un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad; un optimista ve la oportunidad en cada dificultad.

― Winston S. Churchill

Este es un debate que sigue abierto y sobre el que resultaría pretencioso por mi parte intentar aportar una respuesta definitiva. Pero lo que siempre me parece interesante es lo que la ciencia tiene que decir al respecto.

Ya he comentado en alguna ocasión que la neurociencia está dando en los últimos años pasos de gigante en la comprensión de la mente humana, gracias en parte a la nueva tecnología que nos permite ver lo que ocurre en el cerebro de una persona cuando le enfrentamos a determinadas situaciones o a la resolución de determinados problemas, algo que está desmontando algunos de los mitos más arraigados existentes sobre el cerebro.

Instrumentos como los escáneres de resonancia magnética (MRI) hacen posible analizar qué áreas del cerebro se activan en función de los procesos mentales por los que la persona está pasando en cada momento y eso está abre nuevas puertas a la investigación.

Vaso a medias

Una de esas investigaciones es la realizada por la neurocientífica Tali Sharot en la que ha analizado el comportamiento del cerebro a la hora de valorar en términos optimistas o pesimistas las situaciones cotidianas a las que nos enfrentamos.

Y el resultado, pese a lo que muchos podamos creer, es que el 80% de nosotros tiene una predisposición natural al optimismo.

Dicho de otra manera, en conjunto manifestamos una clara tendencia a sobreestimar la probabilidad que tenemos de experimentar situaciones positivas (tener un ascenso en el trabajo, vender nuestra casa por encima del precio de mercado, …) y a subestimar la probabilidad de experimentar situaciones negativas (pasar por un divorcio, sufrir una enfermedad grave, …).

Estoy tan lejos de ser un pesimista… al contrario, a pesar de todas mis cicatrices me muero de entusiasmo por la vida.

― Eugene O’Neill

En resumen, nuestro cerebro nos hace ser más optimistas que realistas, incluso en contra de la lógica y del sentido común. Por ejemplo, se ha demostrado que campañas como la de las cajetillas de tabaco tienen un efecto limitado, sobre todo una vez pasado el impacto inicial. Tendemos a pensar “sí, el tabaco mata, pero mata a otros, no a mí”, lo cual no es precisamente un pensamiento racional.

A partir de ese hallazgo, Tali Sharot se pregunta si esa predisposición es beneficiosa o si, por el contrario, tienen razón los que defienden que es preferible tener unas bajas expectativas acerca de lo que la vida nos depara, de manera que cuando acabemos superando esas expectativas seamos comparativamente más felices.

Y su repuesta es que no, que esa respuesta es incorrecta por tres razones:

  • Número uno: Pase lo que pase, tengas éxito o fracases, la gente con expectativas altas siempre se siente mejor.

    Los psicólogos Margaret Marshall y John Brown analizaron a estudiantes con expectativas altas y bajas. Y descubrieron que cuando la gente con expectativas altas tiene éxito, lo atribuye a sus propias cualidades. “Soy un genio, por lo tanto tengo un sobresaliente, por lo que conseguiré sobresalientes una y otra vez en el futuro”. Cuando fracasan, no es porque sean tontos, sino porque el examen simplemente era injusto. La próxima vez lo harán mejor.

    Las personas con expectativas bajas hacen exactamente lo contrario. Cuando no aprueban, lo hacen porque son tontos, y cuando aprueban lo hacen porque el examen simplemente era muy fácil. La próxima vez la realidad los alcanzará. Así que se sienten peor.
  • Número dos: Independientemente del resultado, el puro acto de la anticipación nos hace felices.

    Esta es, por ejemplo, la razón por la que la gente prefiere el viernes al domingo. Es un hecho realmente curioso, porque el viernes es un día laboral y el domingo es un día de placer, así que es de suponer que la gente prefiera el domingo, pero no es así. Y no es porque les vuelva locos estar en la oficina y no puedan soportar pasear por el parque o almorzar tranquilamente.

    Sabemos esto porque cuando preguntas a la gente sobre su día favorito de la semana, sorpresa, sorpresa; el sábado resulta ser el primero, después el viernes, después el domingo. La gente prefiere el viernes porque el viernes trae consigo la anticipación del fin de semana que tienen
    por delante, de todos los planes que tienen. El domingo, la única cosa que puedes anticipar es la semana laboral.
  • Número tres: El optimismo cambia la realidad subjetiva. Las expectativas que tenemos del mundo hacen que cambie la forma en que lo vemos. Pero también cambia la realidad objetiva. Actúa como una profecía auto cumplida. Experimentos controlados han demostrado que el optimismo no está solo relacionado con el éxito, sino que desemboca en éxito. El optimismo nos lleva hacia el éxito en los estudios, los deportes y la política. Y puede que el beneficio más sorprendente del optimismo sea en la salud. Si esperamos un futuro brillante, el estrés y la ansiedad se reducen.

Tali Sharot fue un paso más allá y montó un experimento en el que hizo pasar a los participantes por un escáner de resonancia magnética y les hizo preguntas acerca de sus expectativas en determinadas áreas. A continuación, les presentó las respuestas reales (contrastadas científica o estadísticamente) a esas preguntas, que en unos casos eran más positivas y en otros más negativas que las respuestas dadas por los participantes.

Pues bien, lo que observó es que cuando la respuesta real era más positiva que la del participante (el participante recibía una noticia positiva, optimista) se activaba con fuerza una región del cerebro denominada circunvolución frontal inferior izquierda. A la inversa, si la noticia era negativa o pesimista, la región que se activaba era la circunvolución frontal inferior derecha.

Hasta aquí todo bien y normal, distintas zonas de nuestro cerebro responden a distintos tipos de estímulos. Pero lo que resultó revelador es que ante las noticias positivas, el cerebro reaccionaba con fuerza con independencia de que la persona fuese mucho, poco o nada optimista. En cambio, frente a las noticias negativas cuanto más optimista fuese la persona, con más debilidad reaccionaba el cerebro.

Es decir, en palabras de la propia Tali, “si tu cerebro está fallando al integrar malas noticias sobre el futuro, llevarás puestas constantemente tus gafas de color de rosa”.

Novia en día lluvioso

El hallazgo tiene implicaciones importantes en términos de análisis del comportamiento humano. Por ejemplo, dado que nuestros cerebros están genéticamente construidos para predisponernos a una interpretación optimista de la realidad, ¿que validez tiene el presupuesto de un proyecto realizado bajo estas premisas?

Y empieza a haber quien cree que hay que tener en cuenta esas desviaciones. Los responsables de los pasados Juegos Olímpicos de Londres, por citar sólo un ejemplo, lo tuvieron en cuenta para ajustar los presupuestos de las Olimpiadas teniendo en cuenta esa predisposición al optimismo.

Por último y para rematar la faena, Tali Sharot amplió el experimento:

Queríamos saber, ¿podremos cambiar esto? ¿Podremos alterar el optimismo de la gente interfiriendo en la actividad cerebral de estas regiones? Hay una manera de hacerlo.



Haciendo pasar un pequeño pulso magnético a través del cráneo del participante en el estudio hacia su circunvolución frontal inferior. Y haciendo esto, interferimos en la actividad de esta región del cerebro durante aproximadamente media hora. Después de esto todo vuelve a la normalidad, se lo aseguro.

Veamos qué sucede.



Cuando interferimos con la región que averiguamos que integra información negativa, la predisposición al optimismo se hace incluso mayor. Hacemos que la gente esté más predispuesta en el sentido en el que procesan la información. Entonces interferimos en la región cerebral que encontramos que integra buenas noticias, y la predisposición al optimismo desapareció. Estábamos asombrados con estos resultados porque fuimos capaces de eliminar una predisposición profundamente arraigada en los humanos.

Lo que nos lleva a que, antes o después, la tecnología avanzará lo suficiente como para permitirnos cambiar el comportamiento de nuestro cerebro con facilidad y compensar esa predisposición natural al optimismo (de momento mejor no hablamos del resto de cosas que previsiblemente nos permitirá hacer). Ante lo cual la pregunta se hace evidente, ¿una vez que podamos, querremos realmente hacerlo?.

Tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá, no importa lo oscuro que esté el presente.

― Rabindranath Tagore

Los defensores del realismo por encima de todo nos dirán que siempre es preferible ver las cosas como realmente son que distorsionadas por un optimismo infundado. Pero, como ya hemos visto, el optimismo nos aporta ventajas y beneficios que no son precisamente desdeñables. ¿Con qué postura nos quedamos?

Mi punto de vista es que ambos planteamientos no tienen por qué estar reñidos. Cuando se defiende el pensamiento positivo y el optimismo no se propone que vivamos en una nube, pensando siempre que todo está bien.

Se puede (y sin duda se debe) hacer una valoración objetiva de la realidad pero, una vez hecha la valoración, siempre obtendremos mejores resultados si enfrentamos esa realidad con optimismo, buscando y tratando de aprovechar las oportunidades y posibilidades que cada situación nos ofrece. Y, por supuesto, poniendo a continuación toda nuestra determinación en alcanzar nuestros objetivos.

Es como el famoso ejemplo del vaso medio lleno o medio vacío. ¿Quién es más feliz, más eficaz, quién le saca más partido a la vida, quién la disfruta más, el que se queda pensando en la mitad del agua que falta en el vaso o el que coge el vaso y se bebe el agua que queda?

O en palabras de Tali Sharot:

Lo que quisiéramos hacer es protegernos a nosotros mismos de los peligros del optimismo, pero al mismo tiempo mantener la esperanza, beneficiándonos de los muchos frutos del optimismo. Y creo que hay una manera de hacerlo. La clave aquí es el conocimiento. No nacemos con un entendimiento innato de nuestras predisposiciones. Deben ser identificadas a través de la investigación científica. Pero la buena noticia es que ser consciente de la predisposición al
optimismo no destruye la ilusión. Es como las ilusiones visuales, en las que entenderlas no las hace desaparecer.

Y esto es bueno porque significa que podríamos encontrar un equilibrio, cumplir los planes y las reglas para protegernos del optimismo no realista, pero al mismo tiempo permanecer esperanzados.

Aquí tienes el vídeo (en inglés con subtítulos en español) de la charla en TED de Tali Sharot presentando las conclusiones de su estudio.

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